INCENDIOS, de Wajdi Mouawad
Dirección: Hugo Arrevillaga Serrano
Traducción: Humberto Pérez Mortera
Con: Karina Gidi, Pedro Mira, Rebeca Trejo, Jorge León, Alejandra Chacón, Concepción Márquez, Guillermo Villegas y Javier Oliván
Duración: 2 horas 30 minutos sin intermedio

Del 15 al 18 de diciembre a las 20 horas; 19 de diciembre, 18 horas. Teatro Experimental.
Boletos en taquillas del Experimental y Ticketmaster: $100.- entrada general ($80.- estudiantes y académicos de la UdG y tercera edad)

SINOPSIS:
Incendios es una historia que se va abriendo, que se va revelando capa tras capa como una flor infinita dejando al final sembrado el silencio, exponiendo el misterio de la existencia, el de los gemelos Julia y Simón, dos jóvenes que acaban de perder a su madre, Narwal,  quien decidió permanecer en silencio absoluto los últimos años de su vida, y dejar en su testamento como última voluntad una petición: sus hijos deben buscar a su padre que creían muerto y a su hermano, el tercero, de quien ni siquiera sabían que existía para entregar a cada uno un sobre con una carta escrita por ella.
Incendios es una obra de Wadji Moawad ( ganador del premio Gobernador de Canadá, máxima distinción literaria en aquel país), y Caballero de las Artes en Francia ha logrado con su trabajo un teatro poderoso e incendiario que nos deja desnudos y completamente vulnerables a nosotros mismos, con la posibilidad de ser atacados por nuestra memoria y ser destrozados entre los dientes  de nuestra dudas y nuestros miedos; para después ser nosotros mismos quienes tranquilicemos nuestro corazón , quedándonos con un sueño de esperanza entre las manos.

Texto de Wajdi Mouawad:
Somos casas habitadas por un inquilino del que no sabemos nada. Nuestras fachadas son muy bonitas pero, ¿quién es ese loco, presa del insomnio, que en el interior, para las horas dando vueltas, apagando y prendiendo las luces?
Somos casas con infinitas habitaciones, pasillos, corredores sombríos que dan a escaleras que suben y bajan. Hay infinitos dédalos a los que conducen ascensores que dan a sótanos, mundos insospechados, llenos de ira, de furia, de sensualidad, de sexualidad, de fluidos, de entorpecimientos, de balbuceos. Hay ahí, un montón de chimeneas sin deshollinar, un montón de pasadizos secretos, de habitaciones líquidas, orgánicas; hay allí, en lo negro de ese inmueble que somos todos, acuarios en donde nadas los peces más extraños, más carnívoros, más horribles.
Hay jardines interiores en los que viven animales salvajes en libertad, fieras magníficas: leones, caimanes, tigres con diente de sable.
Pero todo esto, este mundo espléndido, está sin explorar, es desconocido: el inquilino que vive allí, en la casa que somos, experimenta un profundo temor antes la idea de abandonar la habitación en la que se guarece: mundo doméstico con una calefacción agradable, salita protegida del dolor, pequeño interior tranquilizante.
Somos casas habitadas por un inquilino del que no sabemos nada.
Teatro, en este sentido, rima con piromanía. La obra de arte está aquí, vista como un fuego que obliga al inquilino que hay en mí a darse a conocer, a revelar su identidad a la casa que soy, para que corriendo por todas partes, abra por fin las puertas en las que se encierran los tesoros más íntimos y más trastornadores de mi ser. La obra de arte como un gesto de guerrero que libra en mí un combate en el que soy a la vez el terreno, el enemigo, el arma y el combatiente.
Entrar a esta guerra para una guerra interior.
Estar en guerra para liberar  a los buitres y a las hienas que sabrán devorar la carroña que creo que vive en mí: la comodidad de mi situación cómoda que vive en el jardín trasero, gracias a la sangre de los otros.
¡Catástrofe, catástrofe, estremecimiento!
La sangre de la poesía en la garganta.
Abrir por fin las ventanas, con el riesgo de romper los cristales.
No hay “bienvenida” en este programa de mano, sólo unas envidiosas palabras del poeta en sus intentos a menudo fracasados para reencontrar, de obra en obra y gracias a  los artistas, una vida a la vez sabia y salvaje.

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